Oaxaca entre el liberalismo y la revolución (1867-1911)

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PREFACIO

Carlos Martínez Assad (IIS-UNAM)

A la doctora Francie Chassen, autora de este libro, le ha sucedido lo mismo que a otros nativos de otras tierras que se han acercado a Oaxaca y no logran escapar a su luz, a su vida, al sortilegio y a su historia. Esa tierra ejerce una extraña atracción porque los binigulaza son los “primeros zapotecos que se dispersaron después de una danza a vivir en el exilio dentro de una cueva a esperar que pasara el extranjero, que cesara la destrucción del mundo”, según contó Andrés Henestrosa. Y cómo pasar desapercibidos a ese pueblo que hablaba el “lenguaje de las nubes”, a los mixes del “lenguaje sagrado”, a los chatinos de “la tierra de la palabra”, a los mixtecos del “lugar donde llueve”, o los triques de “la palabra completa” que resistieron al orden colonial impuesto por los conquistadores españoles.

Los viajeros abundaron porque escucharon hablar de esa tierra a la que era necesario peregrinar; en 1859 Charles Brasseur dijo que los rayos del sol no podían penetrar las copiosas ramas de los árboles y David H. Lawrence los vio salir entre los resquicios de las nubes en 1923. Francie Chassen llegó al país hace casi cuatro décadas y como estudiante de posgrado en la Universidad Nacional Autónoma de México pronto se vinculó a Oaxaca atraída por el reto que la llevaría a realizar una rica actividad académica y develar los misterios de la historia oaxaqueña, como parte integral de su vida. En esas cuatro décadas realizó innumerables viajes y como profesora de la Universidad Autónoma Metropolitana en el Departamento de Historia en Iztapalapa, se dedicó al estudio de los archivos estatales y a la conducción de grupos para compartirles su interés. Del romanticismo de los primeros escritores que describieron esa región conserva el amor pero tiene otra intención: desentrañar y entender la difícil vida de los indios de diferentes pueblos que le han dado sentido a la sociedad local con sus enormes diferencias sociales.

Los más afamados mexicanos, Benito Juárez y Porfirio Díaz, contradicen varios de los lugares comunes de la historia de México, como el de la educación elitista y conservadora del XIX que la autora quiere desterrar. Aunque en parte fueron esas sus características, se trató también de un sistema que auspició la formación de personas procedentes de diferentes clases sociales, aún de los sectores más marginales, como el de los indios. No solamente ellos, muchos de los liberales tuvieron una formación educativa semejante pasando por las aulas del clero y, sin embargo, contaron con los instrumentos para romper con el orden político e ideológico establecidos. Véase, si no, las biografías de la estatuaria del Paseo de la Reforma en la ciudad de México, para entender los diferentes orígenes sociales de los liberales y, aún así, ser capaces de una gran propuesta cultural. El mismo Juárez, contra las ideas de mantener el paternalismo español y la desigualdad entre las “razas”, buscaba con los liberales, la construcción de una República de ciudadanos que debían su “lealtad principal a la nación” y no a un poblado, comunidad, corporación o cuerpo privilegiado, nos recuerda la autora.

Nada más radical y revolucionario que esas ideas a mediados del siglo XIX, compartidas por el liberalismo romántico fundamentado en la ilustración y los valores republicanos de los derechos individuales. Con ese armamento ideológico se propusieron “transformar la realidad y modelar la identidad nacional” y, con todos los graves problemas, lo lograron. Porfirio Díaz fue el último de los liberales, aun cuando al pasar del estadista que fue a asumirse como autócrata en los últimos años, provocó que prevaleciera su lado negativo y John Kenneth Turner documentó la intolerancia y el racismo como fundamento de dominio cuando visitó Valle Nacional entre 1908 y 1909. Pero lo importante para este libro es demostrar que tanto Juárez como Díaz se involucraron en la modernización de su estado, contradiciendo la idea prevaleciente de Oaxaca como “un lugar estancado y olvidado durante los gobiernos liberales”.

Juárez, por su parte, debió enfrentar las difíciles condiciones que conocía de la profunda etnicidad de su estado que, por lo demás coincidía con la de otros estados del sur y por todo el país. Y para los críticos los pueblos indios fueron obstáculo para la modernización del Estado. Por eso lo que pretende la autora es regresar al indio su verdadero rostro, algo solo posible a través de las nuevas metodologías aportadas por la historia subalterna y por la historia regional, disciplinas entre las cuales se ha movido la autora en su rica obra académica. Sólo así es posible entender las consecuencias de los drásticos cambios en la tenencia de la tierra, lo que significaba la posesión ancestral de tipo corporativo hasta la propiedad individual. Se trataba de transformar la tierra en mercancía que fuera liberada de las ataduras. Así en el estado se dio un impulso privatizador entre 1889 y 1903, vinculado a la acción de las compañías deslindadoras y luego al auge de los rancheros sobre la hacienda. Prevaleció la producción para la exportación del café, del tabaco, del hule, del algodón, del cacao y del añil sobre la minería que había tenido también importancia.

Así se sitúa la autora, con su gran experiencia, en la construcción de una historia libre de híbridas recetas interculturales y cuestionando muchas de las aseveraciones de la historiografía sobre México que, por ejemplo, se empeña en mostrar que el Estado-Nación fue una construcción desde arriba y no de las disputas sociales que albergaron territorios como el de Oaxaca y que atravesaron la Sierra Juárez, los Valles Centrales, Ixtlán y las tierras bajas de Tuxtepec y Choapan, y el Istmo de Tehuantepec, Juchitán y todas sus particulares regiones.

El optimismo porfirista desplegado por todo el país alcanzó a Oaxaca y se expresó a través de las comunicaciones desde que el Ferrocarril Mexicano del Sur se construyó en 1892. A veces se olvida que en el ideario de la época la superación del pueblo estaba tanto en la educación, en lo que más se ha insistido, como en las comunicaciones. Se debía disminuir el escandaloso porcentaje de analfabetas pero también construir el ferrocarril, carreteras y puentes si se quería integrar al territorio y reforzar el sentido de la identidad nacional entre los mexicanos. No es entonces coincidencia que la última gran obra de infraestructura del Porfiriato hubiera sido la construcción del Ferrocarril Transístmico para unir al Océano Atlántico con el Pacífico en 1907, para lo cual también fue necesario construir el Puerto de Salina Cruz y modernizar Puerto México.

Se dio así una recomposición de clases semejante a la del resto del país porque también habían surgido redes urbanas indispensables para conseguir en ese afán capitalista entre Tehuantepec, Salina Cruz, Juchitán, Ejutla, Miahuatlán y entre Tlaxiaco, Huajuapan y Valles Centrales. Entonces se configuró la vallistocracia, la élite oaxaqueña de las familias coloniales, los políticos liberales y alguno que otro extranjero, junto con otros sujetos cuya existencia y las acciones que desempeñaron sólo pueden entenderse con el enfoque de la larga duración que se maneja con rigor en este libro. Así puede explicarse la historia por venir con la Revolución Mexicana, para cuestionar igualmente la falsa aseveración de que fue un estado conservador y porfirista.

Francie Chassen ha roto como dice Scott Cook “los grilletes conceptuales” para darnos una obra destinada a convertirse en clásica por la madurez con la cual ha sido concebida, por su profundo conocimiento de la teoría de la historia y por su vasta información de México y de la región estudiada. Ha encontrado entre los historiadores oaxaqueños a sus más importantes interlocutores, con quienes ha mantenido un profuso diálogo que, a diferencia de otros colegas, le ha permitido romper la distancia y formar parte ya ese grupo que ha dedicado su vida a comprender la historia de tan magnífico y complejo estado como lo es Oaxaca.

Infraestructura y economía

  • “Mil silbatos”

  • Desde los tiempos inmemoriales hasta la finca porfiriana: La tenencia de la tierra

  • La comercialización de la agricultura

  • El paraíso del promotor: Minería, industria y comercio

La sociedad: Clase, etnicidad y género

  • Los “decentes” y los “otros”

  • Usos y costumbres indígenas y la formación del Estado

  • Los pueblos indígenas de Oaxaca: Negociando la modernidad

Cultura política y Revolución

  • Política liberal: El Legado dual

  • Política porfiriana: Un gobernador científico

  • Política de los precursores

  • Revolución en el Sur

Información adicional

Peso 1.5 kg
Dimensiones 17 × 2.1 × 23 cm
Autor

Año

2014

PRESENTACIÓN

PREFACIO

Carlos Martínez Assad (IIS-UNAM)

A la doctora Francie Chassen, autora de este libro, le ha sucedido lo mismo que a otros nativos de otras tierras que se han acercado a Oaxaca y no logran escapar a su luz, a su vida, al sortilegio y a su historia. Esa tierra ejerce una extraña atracción porque los binigulaza son los “primeros zapotecos que se dispersaron después de una danza a vivir en el exilio dentro de una cueva a esperar que pasara el extranjero, que cesara la destrucción del mundo”, según contó Andrés Henestrosa. Y cómo pasar desapercibidos a ese pueblo que hablaba el “lenguaje de las nubes”, a los mixes del “lenguaje sagrado”, a los chatinos de “la tierra de la palabra”, a los mixtecos del “lugar donde llueve”, o los triques de “la palabra completa” que resistieron al orden colonial impuesto por los conquistadores españoles.

Los viajeros abundaron porque escucharon hablar de esa tierra a la que era necesario peregrinar; en 1859 Charles Brasseur dijo que los rayos del sol no podían penetrar las copiosas ramas de los árboles y David H. Lawrence los vio salir entre los resquicios de las nubes en 1923. Francie Chassen llegó al país hace casi cuatro décadas y como estudiante de posgrado en la Universidad Nacional Autónoma de México pronto se vinculó a Oaxaca atraída por el reto que la llevaría a realizar una rica actividad académica y develar los misterios de la historia oaxaqueña, como parte integral de su vida. En esas cuatro décadas realizó innumerables viajes y como profesora de la Universidad Autónoma Metropolitana en el Departamento de Historia en Iztapalapa, se dedicó al estudio de los archivos estatales y a la conducción de grupos para compartirles su interés. Del romanticismo de los primeros escritores que describieron esa región conserva el amor pero tiene otra intención: desentrañar y entender la difícil vida de los indios de diferentes pueblos que le han dado sentido a la sociedad local con sus enormes diferencias sociales.

Los más afamados mexicanos, Benito Juárez y Porfirio Díaz, contradicen varios de los lugares comunes de la historia de México, como el de la educación elitista y conservadora del XIX que la autora quiere desterrar. Aunque en parte fueron esas sus características, se trató también de un sistema que auspició la formación de personas procedentes de diferentes clases sociales, aún de los sectores más marginales, como el de los indios. No solamente ellos, muchos de los liberales tuvieron una formación educativa semejante pasando por las aulas del clero y, sin embargo, contaron con los instrumentos para romper con el orden político e ideológico establecidos. Véase, si no, las biografías de la estatuaria del Paseo de la Reforma en la ciudad de México, para entender los diferentes orígenes sociales de los liberales y, aún así, ser capaces de una gran propuesta cultural. El mismo Juárez, contra las ideas de mantener el paternalismo español y la desigualdad entre las “razas”, buscaba con los liberales, la construcción de una República de ciudadanos que debían su “lealtad principal a la nación” y no a un poblado, comunidad, corporación o cuerpo privilegiado, nos recuerda la autora.

Nada más radical y revolucionario que esas ideas a mediados del siglo XIX, compartidas por el liberalismo romántico fundamentado en la ilustración y los valores republicanos de los derechos individuales. Con ese armamento ideológico se propusieron “transformar la realidad y modelar la identidad nacional” y, con todos los graves problemas, lo lograron. Porfirio Díaz fue el último de los liberales, aun cuando al pasar del estadista que fue a asumirse como autócrata en los últimos años, provocó que prevaleciera su lado negativo y John Kenneth Turner documentó la intolerancia y el racismo como fundamento de dominio cuando visitó Valle Nacional entre 1908 y 1909. Pero lo importante para este libro es demostrar que tanto Juárez como Díaz se involucraron en la modernización de su estado, contradiciendo la idea prevaleciente de Oaxaca como “un lugar estancado y olvidado durante los gobiernos liberales”.

Juárez, por su parte, debió enfrentar las difíciles condiciones que conocía de la profunda etnicidad de su estado que, por lo demás coincidía con la de otros estados del sur y por todo el país. Y para los críticos los pueblos indios fueron obstáculo para la modernización del Estado. Por eso lo que pretende la autora es regresar al indio su verdadero rostro, algo solo posible a través de las nuevas metodologías aportadas por la historia subalterna y por la historia regional, disciplinas entre las cuales se ha movido la autora en su rica obra académica. Sólo así es posible entender las consecuencias de los drásticos cambios en la tenencia de la tierra, lo que significaba la posesión ancestral de tipo corporativo hasta la propiedad individual. Se trataba de transformar la tierra en mercancía que fuera liberada de las ataduras. Así en el estado se dio un impulso privatizador entre 1889 y 1903, vinculado a la acción de las compañías deslindadoras y luego al auge de los rancheros sobre la hacienda. Prevaleció la producción para la exportación del café, del tabaco, del hule, del algodón, del cacao y del añil sobre la minería que había tenido también importancia.

Así se sitúa la autora, con su gran experiencia, en la construcción de una historia libre de híbridas recetas interculturales y cuestionando muchas de las aseveraciones de la historiografía sobre México que, por ejemplo, se empeña en mostrar que el Estado-Nación fue una construcción desde arriba y no de las disputas sociales que albergaron territorios como el de Oaxaca y que atravesaron la Sierra Juárez, los Valles Centrales, Ixtlán y las tierras bajas de Tuxtepec y Choapan, y el Istmo de Tehuantepec, Juchitán y todas sus particulares regiones.

El optimismo porfirista desplegado por todo el país alcanzó a Oaxaca y se expresó a través de las comunicaciones desde que el Ferrocarril Mexicano del Sur se construyó en 1892. A veces se olvida que en el ideario de la época la superación del pueblo estaba tanto en la educación, en lo que más se ha insistido, como en las comunicaciones. Se debía disminuir el escandaloso porcentaje de analfabetas pero también construir el ferrocarril, carreteras y puentes si se quería integrar al territorio y reforzar el sentido de la identidad nacional entre los mexicanos. No es entonces coincidencia que la última gran obra de infraestructura del Porfiriato hubiera sido la construcción del Ferrocarril Transístmico para unir al Océano Atlántico con el Pacífico en 1907, para lo cual también fue necesario construir el Puerto de Salina Cruz y modernizar Puerto México.

Se dio así una recomposición de clases semejante a la del resto del país porque también habían surgido redes urbanas indispensables para conseguir en ese afán capitalista entre Tehuantepec, Salina Cruz, Juchitán, Ejutla, Miahuatlán y entre Tlaxiaco, Huajuapan y Valles Centrales. Entonces se configuró la vallistocracia, la élite oaxaqueña de las familias coloniales, los políticos liberales y alguno que otro extranjero, junto con otros sujetos cuya existencia y las acciones que desempeñaron sólo pueden entenderse con el enfoque de la larga duración que se maneja con rigor en este libro. Así puede explicarse la historia por venir con la Revolución Mexicana, para cuestionar igualmente la falsa aseveración de que fue un estado conservador y porfirista.

Francie Chassen ha roto como dice Scott Cook “los grilletes conceptuales” para darnos una obra destinada a convertirse en clásica por la madurez con la cual ha sido concebida, por su profundo conocimiento de la teoría de la historia y por su vasta información de México y de la región estudiada. Ha encontrado entre los historiadores oaxaqueños a sus más importantes interlocutores, con quienes ha mantenido un profuso diálogo que, a diferencia de otros colegas, le ha permitido romper la distancia y formar parte ya ese grupo que ha dedicado su vida a comprender la historia de tan magnífico y complejo estado como lo es Oaxaca.

INDICE

Infraestructura y economía

  • “Mil silbatos”

  • Desde los tiempos inmemoriales hasta la finca porfiriana: La tenencia de la tierra

  • La comercialización de la agricultura

  • El paraíso del promotor: Minería, industria y comercio

La sociedad: Clase, etnicidad y género

  • Los “decentes” y los “otros”

  • Usos y costumbres indígenas y la formación del Estado

  • Los pueblos indígenas de Oaxaca: Negociando la modernidad

Cultura política y Revolución

  • Política liberal: El Legado dual

  • Política porfiriana: Un gobernador científico

  • Política de los precursores

  • Revolución en el Sur

Otros

Información adicional

Peso 1.5 kg
Dimensiones 17 × 2.1 × 23 cm
Autor

Año

2014